Heridas y cicatrices

Cuando te hacías daño de peque, ¿qué te curaba?

A mí me ayudaba que alguien viniera a preguntarme cómo estaba y qué me había pasado, es decir, que alguien me viera. Gracias a su presencia me sentía segura, algo fundamental.

Una vez esto atendido, venía la cura física, es decir, que esta persona mirara la herida conmigo, y se diera cuenta de lo que necesitaba, ya fuera un poco de yodo y una tirita o más bien unos puntos.

Cuando esto ocurría había sanación integral, de mi dolor interno y de mi dolor externo.

Pero no siempre ocurría.

Cuando mi herida externa era atendida pero no mis necesidades afectivas y emocionales, cuando se me decía “no es para tanto”, “no te quejes”, “esto no es nada”… cuando se negaba mi dolor y la expresión del mismo, había una herida que permanecía abierta, aunque ésta no se veía con los ojos.

¿Lo viviste también?

Este ejemplo, tan habitual en la vida de la mayoría, esta sensación interna de no ser vistxs en el dolor, puede causar trauma, de hecho, lo causa.

No hace falta estar sometidxs a graves abusos para crear trauma, simplemente basta con no ser vistxs en nuestro dolor.

¿Y qué pasa entonces?

Aprendemos a desconectarnos del dolor interno. Nos disociamos. 

¿Cómo?

Desarrollamos distintos mecanismos, dependiendo del carácter, lo que tienen todos en común es: huir del sentir. Un mecanismo muy funcional para la supervivencia, pero una limitación para la sanación.

¿Cómo se manifiesta esto de adultxs?

De muchas maneras. Las adicciones, por ejemplo, son un gran aliado. Y no hablo sólo de drogas duras, sino de tabaco y alcohol, de consumismo compulsivo, de apuestas, de sexo, de comer de más como anestesia, workaholics, enganche a las pantallas, redes sociales, internet, series…

Todo aquello que nos adormece el sentir, todo aquello que evita el contacto con lo no agradable. Lo cual mantiene el trauma.

¿Y cómo sanamos?

Pues dejando de huir, no hay otra que volver a la herida y mirarla, a ser posible acompañadx de algún profesional en quien confíes. Mirarla con cuidado y amabilidad, escucharla, atenderla… 

Este es el camino.

En tu infancia lo tenías claro.

¿Y ahora?

Puedes escoger VIVIR o sobrevivir.