¡Qué emocionante!

Pronunciamos esta frase cada vez que contactamos con la excitación de vivir algo que nos motiva. En cambio, cuando conectamos con emociones que no son de nuestro agrado, esta expresión pierde todo su valor, directamente ni se nos ocurre pronunciarla, ¿a quién le motiva sentir miedo, tristeza, rabia?

A medida que vamos creciendo, también crece nuestra insensibilización a aquellas emociones que no nos fueron permitidas en la infancia. De adultos rechazamos las emociones que entendimos como “prohibidas” cuando éramos niñxs. Y aún a día de hoy, conservamos la creencia de no ser dignos de amor si las mostramos.

Quiero decirte que todas las emociones tienen su función positiva. Transitar por todas ellas, explorarlas, nos facilita no atascarnos en ninguna, así como tener una vida más real y saludable.

¡Qué emocionante sentir tristeza! Me va a permitir aflojar mi cuerpo, rendirme, abandonar el control por un rato y descansar; soltar lágrimas retenidas, de hoy, o de hace veinte años, qué más da.

¡Qué emocionante sentir miedo! Me protege y me cuida, a la vez que me da pistas del destino que me interesa perseguir.

¡Qué emocionante sentir rabia! Me permite conectar con mi fuego interno, con mi energía vital, me pone en acción, me activa.

Y por supuesto,

¡Qué emocionante sentir alegría! esta energía de expansión por todo mi cuerpo, de amor hacia la vida, de agradecimiento.

Las emociones traen información, información íntima, de lo que te está pasando aquí y ahora. Si quieres conocerte, vas a conocerlas.